Una radical coherencia

El plan para adormecer conciencias y conseguir cambiar la sociedad es tan sublime, que apenas nos damos cuenta de cómo nos está transformando. Maquiavelo señalaba en “El Príncipe”: “Es mejor ser temido que amado, puesto que los hombres aman según su voluntad, y temen según la voluntad del príncipe”. El miedo esclaviza.

En el paraíso del pensamiento único, existen solamente dos opciones para posicionarse:

  1. Pensar como estipula el nuevo orden mundial, absorbiendo ávidamente su propaganda.
  2. Ser librepensador, lo que te convierte, según este mismo NOM, en un radical.

No caben estados intermedios. O estás con los mesías del pensamiento único -adalides del nuevo orden mundial-  o eres un apestado ultra que ha osado discrepar de los postulados impuestos por la ONU y el lobby “transformador”. Pretenden “alumbrar” una nueva sociedad a su imagen y semejanza.

Definición de “Coherencia”

Una de las acepciones de “coherencia” en el diccionario de la Real Academia Española, es “actitud lógica y consecuente con los principios que se profesan”.

Claro que, esta definición, es fácilmente salvable cuestionando la validez de dichos principios, o adaptándolos a nuestra conveniencia; es lo que se llama relativismo.

La confusión llega con la irrupción del relativismo en el campo de la coherencia. De esta manera, puedo pensar que soy una persona muy coherente aunque, en realidad, esté adaptando mis principios a la realidad que me resulte más cómoda, a mi mundo virtual. Y haciéndome trampas al solitario, dejo expedito el camino a quienes quieren transformar nuestra cultura.

La democracia solo es el menos malo de los sistemas cuando el pueblo al que sirve es medianamente culto. De no ser así, es un arma al servicio de lo que se presente como políticamente correcto. Es el terreno de juego óptimo, para la manipulación de la población por parte de políticos manejados por poderosos.

“Una democracia que pierda su conciencia se convertirá necesariamente en un totalitarismo” Kreeft

¿Ultraqué?

Hablando con unos conocidos hace unos días, un sujeto me llamó ultra-católico. El, practicante de misa semanal, justificaba las posturas tibias de alguna formación política. Posturas típicamente relativistas respecto a temas en los que la Iglesia, de la que forma parte,  mantiene una firme e inequívoca posición doctrinal en contra.

Llegó a justificarme la tibieza en esos temas por el peligro que supondría, para la propiedad privada, la posibilidad de que triunfaran opciones políticas de corte bolivariano. Claramente, en un alarde de relativismo, cuidamos nuestra cómoda vida material a costa de nuestra Conciencia.

Siguiendo con nuestra conversación me dijo que era un ultra-derechista. Habíamos ido haciendo un ejercicio de análisis (recomiendo a todos que lo hagan) sobre la evolución del partido liberal-conservador que había defendido nuestros valores cristianos en otros tiempos. Tras comprobar que ese partido, había derivado en un partido socialdemócrata de corte ultra-progresista, se despachó diciendo que yo no sabía adaptarme a los tiempos y que me había quedado anclado en el pasado.

Probablemente pensará que el derecho a la vida, a la libertad de educación, o la ley natural, no son cuestiones atemporales de perenne vigencia. Los incluirá en el capítulo de la “conciencia subjetiva”, al margen de la Conciencia, para poder situar el plano económico por delante de los valores cristianos.

La nueva realidad

Volviendo al inicio, podemos recordar las dos vertientes donde posicionarnos hoy: la de la corrección política y el pensamiento único, o la del librepensador que se declara en rebeldía y no acepta imposiciones. En la primera serás considerada una persona honorable y moderada; en la segunda serás considerado un ultra radical.

Si estás a la derecha del otrora partido liberal-conservador (no es demasiado complicado) serás un ultra-derechista. Si además piensas que la Iglesia no tiene que adaptar su doctrina a las nuevas corrientes, sino que es la sociedad la que debe seguir los postulados doctrinales imperecederos de la Iglesia, serás un ultra-católico y un rebelde incómodo.

Olvidamos que los romanos, también pensaban que los cristianos eran una peligrosa secta rebelde capaces de amenazar el statu quo y por ello, los persiguieron. Parece que la historia se repite. No cabe duda, estamos en guerra, en una guerra cultural.

Tristemente, como recoge el discurso del Indeseable, “desde que proclamé el profundo principio filosófico del relativismo absoluto y os convencí para que siguierais este programa superliberal de corrección política revolucionaria, hemos logrado una victoria tras otra”.

Pero a esta guerra cultural le quedan aún muchas batallas. ¿En que bando nos posicionamos nosotros?

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5 opiniones en “Una radical coherencia”

  1. Un análisis serio, profundo y que, sin duda, removerá más de una conciencia. Das en el clavo, como siempre. Enhorabuena Antón. Un abrazo.

  2. Ratzinger ya auguraba el desastre del relativismo en la sociedad occidental y de la incomodidad de los librepensadores para las élites dirigentes. En esta sociedad es dificil vivir con la coherencia de mantener unos principios firmes; es mucho mas sencillo ser la veleta que se mueve según sopla el viento de moda.
    ¿Ultracatólico?¿Ultraderechista?
    Ladran, luego cabalgamos. Nadie dijo que esto iba a ser fácil. Ánimo chaval.

    1. Efectivamente nos queda un largo camino por recorrer, pero entre todos podremos reconducir la situación.Dicen que al ángel caído le ofrecieron un siglo y eligió el siglo veinte. En el se condensaron muchas de las mayores barbaridades de la historia de la humanidad. Ese siglo pasó y este tiene que ser el nuestro. Un abrazo, Borja.

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